viernes, 24 de febrero de 2012

Un día como otro cualquiera


Hoy...

El sol no ha dejado ni un momento de brillar en un cielo claro y despejado, indicio que me hace presentir la ausencia de lluvias en lo que resta de día. Los fuertes vientos de las últimas semanas han quedado reducidos a una suave brisa, ligera, pero con fuerza suficiente para gobernar mi cabello a su antojo. Incluso mis pupilas me han mostrado cómo una bandada de pájaros surcaba un firmamento apenas inalterable unos minutos antes, tomando esa curiosa forma de boomerang que siempre me hace sonreir. Que encantadora escena...

¿Cuál es el inconveniente entonces? Sencillo. Cuatro sólidas paredes me separan de todas esas cosas tan magníficas. Una prisión compuesta de ladrillo, pupitres y amplios ventanales con el único objetivo de torturar mi alma soñadora.

Los aullidos de mis compañeros, bestias indomables con ansias de libertad,  ocupan cada rincón de la diminuta sala. De fondo, como un cachorro perdido y temeroso, la apenas audible voz del profesor trata de hacerse un hueco en aquella aglomeración de fieras. A mí, personalmente, nunca me ha gustado el circo.

Alargo el brazo hasta una pequeña zona de la mesa iluminada por pura luz solar. Puedo imaginar cada uno de esos rayos, siguiendo su curso, su trayectoria, para finalmente acabar rebotando sobre mi piel. Me concentro en esa maravillosa sensación de calor, apenas perceptible, tratando de acumularlo como si fuera un tesoro. Y entonces toda aquella contaminación acústica desaparece; mi mente se encuentra ya a años luz de allí.

Vuelo, tal y como habían hecho minutos antes aquellas cotidianas avecillas, para acabar depositándome sobre una roca plana, perfectamente pulida. Pero ya no soy ave, sino reptil, tal vez una lagartija o una salamandra, en todo caso uno de esos bichos que tanto gustan de tostarse al sol, al igual que yo. Tal vez por eso mis manos estén siempre frías, como las de los lagartos, porque por ellas corre la necesidad del fuego, de una fuente externa que las mantenga vivas. Pero todo tiene un límite, y ante los excesos, me apoyo en los contrastes. Mi escurridizo cuerpo se vuelve escamoso y ágil, y al instante me sorprendo luchando contra el movimiento de las frías aguas que empapan todo mi ser.  Sigue nadando, sigue nadando ♪. Recuerdo esa película tan graciosa, Buscando a Nemo. Pero aquí no hay arrecifes de coral, ni tortugas marinas, ni siquiera hay peces. Solo una extensión infinita de arena cubierta por agua, un agua cada vez más turbia. Mis ojos se vuelven llorosos debido a la contaminación, y una lágrima cristalina se desprende de ellos, dejándose llevar como si de una perla se tratara por unas aguas que comienzan a tornarse verdes y pestilentes. El profesor de Ciencias tiene razón, nos estamos cargando el planeta. Pero ahora no me apetece meterme en ningún tipo de reflexión filosófica.

He sido ave, he sido reptil, he sido pez. ¿Qué me falta? Me falta ser animal, me falta ser yo. El timbre se encarga de eso; toca volver a la realidad.

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